sobre mí

Hablar de uno mismo, resulta desagradable, toda vez que puede interpretarse como orgullo o soberbia, defectos que considero imperdonables, porque la humildad debe prevalecer sobre las demás cualidades.


De niño fui un chico inquieto, inconformista y atrevido. Mi maestro solía repetir:

—¡Tienes genes de ratón! ¿No te puedes estar quieto?

En vano lo intentaba y llegué al convencimiento de que los ratones fueran mis antecesores.


Si algo ha sido constante en mi vida, ha sido mi devoción por la lectura. Aprendí a leer en la calle, cuando apenas tenía cuatro años, enviciado con los “pocholos” de Roberto Alcázar y Pedrín, el Guerrero del Antifaz, el Tebeo y otros más viejos que pasaban de mano entre los niños de mi barrio.


Desde aquel día siempre hay un libro entre mis manos. Recuerdo con ternura a mi viejo profesor de Latín, quien, reconociendo mi afición, me regaló “El Lazarillo de Tormes” y quedé prendado de su lectura. 


—Los libros no se leen, se “trileen”, para sacarles el jugo —me dijo un día.  Me aconsejó llevar siempre a mano una cuartilla para anotar aquello que me llamara la atención.


¡Grande don Francisco!


Con el tiempo descubrí que el arte de escribir nace de la lectura como el calor nace del fuego. No basta con saber unas cuántas cosas, con dominar ciertas técnicas. Hay que leer, leer y volver a leer.


Sin la escritura me siento a la deriva. Es como si al escribir pudiera fabricar un mundo propio, en el que el caos encuentra su orden. A través de las palabras logro caminar en este valle de lagrimas, aunque a veces me pregunto cuál es el sentido de todo esto. 


El campo siempre ha sido mi lugar de consuelo. En el silencio profundo de la sierra, observar la delicadeza de los pequeños animales, el misterio de las plantas, logré comprender que Dios existe. ¡Quién si no Él, podría mantener ese equilibrio perfecto, esa armonía que parece envolverlo todo?


Para no alargarme más, permite despedirme con el epílogo de un pequeño y maravilloso libro: “El bosque animado” (Fernández Flores):


“…porque la vida nació de un solo grito del Señor y, cada vez que se repite, no es una nueva voz la que ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito”


Antonio Casas